miércoles, 30 de marzo de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
Motivos para correr.
No huyas de las pifiadas
para perderlas de vista.
Corre si una mañana
de resaca de domingo
adviertes que se te escapa
de puntitas la felicidad.
Y entonces hecha a correr.
Corre porque los trenes tardan mucho en volver.
Corre por las palabras que nunca le dijiste.
Corre por la inocencia que un día se fue.
Corre bajo la lluvia
y enseñales bailando con ella
que mojarse es más divertido
que ahogarse de pena y sin fé.
Piensa en el mañana
y olvida el ayer.
Diles que no hay escusa que valga,
Que es gratis aún sonreír por doquier.
Diles que no es un derecho,
que estan obligados a sentir.
Y gritale al maldito mundo
que tu hoy puedes ser feliz!
Saca las acuarelas
del desván de tus días grises.
que hoy toca apartar las nubes
a brochazos de color.
Porque es peligroso nadar
en este mar de hipocresía
al que llaman ciudad.
Puede que algún día
olvides tu verdadero rumbo.
Entonces hecha la vista hacia atrás,
y recuerda que el horizonte
te hizo soñar.
Y recuerda aquellas verdades
que te hicieron temblar.
Corre porque al reloj le das igual.
Corre porque quedarse quieto es de cobardes.
Corre porque la vida puede rimar,
y corre porque se hace camino al andar.
Saca las acuarelas
del desván de tus días grises.
que hoy toca apartar las nubes
a brochazos de color.
Alza tus blancas velas
y desnúdate a la noche
que hoy toca beber caricias
de la copa del amor.
Diles que no es un derecho,
que estan obligados a vivir.
Y gritale al maldito mundo
que tu hoy debes ser feliz.
jueves, 17 de febrero de 2011
SE CONFUNDEN CON LA LLUVIA
Se confunden con la lluvia los gritos de un poeta
que solo busca el silencio en la esquina de un bar.
Las notas de un violinista que ajeno a nuestros sueños,
pinta los suyos,
en los túneles del metro.
Los lamentos de una viuda
que ha perdido a su dueño.
Todas las letras de un “te quiero” susurrado demasiado lejos,
Palabras escritas en el aire,
que nunca llegaron a su destino por estar cargadas de miedo,
Porque fue demasiado tarde para el amante perdido.
Demasiado tarde para darse cuenta,
darse cuenta que debía decírselo,
antes de perderla.
Se confunden con la lluvia las gamas de grises de las fachadas,
los tonos que nos recuerdan cada día
que hasta los hogares se ensucian a veces.
La calle se tiñe de tristeza,
pero yo sonrío.
Porque una rosa roja, cuidada con cariño,
deslumbra en el balcón del séptimo.
Y solo yo la veo,
porque puedo levantar la cabeza y mojarme.
Porque no llevo un paraguas que me tape el arco iris.
Porque no obvio lo que siento cuando el corazón me dice “vive!”
El agua me grita que soy frágil y que eso no es malo.
Que tengo frío, que las gotas son las notas
que susurran la sinfonía de la vida entre mis dedos.
Y los hombres vestidos de gris de la Gran Vía
No sabrán jamás lo que es esto.
Se confunden con la lluvia los charcos de sangre de las esquinas.
Las heridas mal curadas.
Las cenizas de una vida mal diseñada.
El rebotar de una moneda tirada hacia abajo
que será el pan de aquél vagabundo
que dá las gracias mirando hacia arriba.
Se confunden los CD’s de un taxista
que encuentra su memoria perdida en canciones de los 80.
Y recuerda esos tiempos en que iba de putas de lujo,
con su amigo Tomás, Pablo y el vecino.
Y quién le iba a decir que estaría hoy conduciendo a desconocidos destinos.
Quizá hacia los prostíbulos que hoy ya no pisa.
Se confunden con la lluvia los cantos (y llantos) de una sirena,
Que no escogió ser sirena del Raval.
Sencillamente la vida la llevó hacia la orilla.
La musa se ahoga, y se desespera esperando
su salvación en forma de afecto
en un mensaje en una botella.
Y solo llega en forma de cheques,
después de bailar bajo el mar.
Se confunden las bailarinas que hacen sus músculos arder.
Porque un sueño las recluye en ese parquet barato.
Y una de ellas, quieta, se mira en el espejo,
se detiene a pensar si valen la pena esas heridas en los pies.
Piensa aquello de que nadie dijo que iba a ser fácil.
Y decide entonces seguir haciendo pliés.
Y se confunden sonrisas tras los cristales de una cafetería,
donde dos futuros amantes toman su primer café.
Y que van a saber ellos de su devenir.
Que acabarán descubriendo que el cielo no es sencillamente azul,
que es muchas más cosas.
Pero que va a sospechar ese chico de dulce mirada
que aquellos ojos que inquietos le miran ,
que solo quieren saber un poco más sobre él,
le harán las heridas más sangrientas de su vida.
Mucho más amargas que el café que ahora comparte con ella.
Y que descubrirán que el mármol de la cocina
sirve para muchas más cosas de las que pensaban.
Que allí cocinarán los mejores polvos de sus vidas.
Y conocerán la importancia de unos pies
Que duerman cerca de los tuyos
al final de una deshecha cama.
Se confunde entre la lluvia la magia de un mago escapista
que hace que brillen los ojos ajenos.
Y siembra ilusiones entre las pocas flores
que hay en el barro del mundo adulto.
Nos recuerda que la inocencia se la quedan los niños
porque son mucho más listos que nosotros.
Y saben donde esconderla.
Y se confunde entre la lluvia el devenir del mañana.
De una Barcelona que mojada no huele igual.
Ella prefiere tumbarse en la cera y mirar las estrellas.
Quién sabrá el devenir de esta Amélie que no deja de soñar.
Pues nadie mira el cielo cuando llueve, solo ella.
Pocos más saben que las estrellas así están más bellas.
Y prefiere no perderse el paisaje del lugar
En lugar de pensar en lo que pasará y cómo,
Cuando de esta lluvia,
nada más se confunda al cesar.
lunes, 3 de enero de 2011
Madrid
Volvimos.
Nosotros,
marineros en tierra de nadie,
en sensaciones desiertas,
en océanos de ceniza y miedo,
volvimos.
Fugaces,
rejuvenecidos y gloriosos,
volvimos a la mar.
De nuevo.
A estar mar
de quién sabe dónde
en quién sabe dónde.
A esta
que aún no siendo de nadie
aparece en muchos recuerdos ajenos.
A esta
en que miles se ahogan,
en sus tormentas
de lágrimas (demasiado saladas).
A estos
océanos de dudas,
estrés e hipocresía
dónde siempre he tenido miedo.
Miedo de acabar,
como miles de ellos:
ahogandome yo también.
Lejos,
muy lejos de ese Madrid
que me acompañó con sonrisas,
en sus despertares.
Con cosquillas que sin hablar susurraban
“buenos dias”
bajo las sábanas de tus lunares.
Y aquí,
en esta insípida Barcelona
ahora,
mañana
y pasado,
el mar será abrupto.
La marea sube,
las velas se van rompiendo
y yo sigo teniendo miedo.
De que el viento sople.
Sople muy pronto en contra.
Puede,
incluso,
que pronto olvidemos dónde está el timón.
O cual es nuestro verdadero rumbo.
Y Madrid,
Madrid seguiría abriendo los bares,
aunque ya no estemos allí.
Y seguirá luciendo cielos rojizos,
aunque no los pueda contemplar,
otra vez, contigo.
Aquel día 365,
nos permitimos,
por fin,
soñar recíprocamente.
Creo que las campanadas serán siempre (jamás)
la banda sonora del recuerdo de esos días.
Y las notas, de aquél piano,
que nos prestaría la luna
más entrada la noche,
en tu azotea.
Con las luces
de la ciudad.
Dormida.
Ausente.
Desde las vistas de tu Madrid.
El nuestro.
A mi me sonreía.
A ti te guiñó el ojo.
Lo que vino luego
fue un poema.
Sin letras.
Y punto.
En ese piso tan pequeño,
que se quedaba enano
para todos nuestros anhelos.
Ese cielo.
Esas nubes.
Ese sol de mediodía,
entre tus persianas.
Ese nombre
de esa calle
que solo tu y yo sabemos.
Esa (bendita) sensación,
del por fin abrazarte.
Esa (maldita) sensación,
de saber que será efímero.
Y mucho.
Más buen fugaz.
Y me jode.
Me jode
necesitar escucharte
traduciéndome a Bukowski.
Al oído. De nuevo.
Necesitar olvidar el reloj,
contigo.
Necesitar que la ciudad nos recuerde
que estamos más que vivos.
Que estamos al otro lado.
Quizá más cerca del cielo.
Y me jode.
Me jode que lo sé.
Que siempre escribo yo primero,
que sé la hartada de “peros”,
Que vienen detrás de todo esto.
Me jode,
( y me duele)
Que rimáramos pocas horas,
que nuestros besos fueran versos
y nuestros abrazos estrofas.
Que la anáfora del
Nosotros,
Nosotros,
Nosotros,
Solo rimara
Contigo
Contigo
Y Contigo.
Por eso, me duele.
Porque hoy no estás Conmigo.
Ni Conmigo.
Ni tampoco Conmigo.
Por eso este maldito poema,
ha dejado,
desde hace rato,
y desde un principio,
de tener ningún sentido.
jueves, 25 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
Esta noche brindaremos porque metimos la pata. Quiero brindar por todos y cada uno de los errores que he cometido. Que todos hemos cometido. Confieso mis pecados a la noche porque es la única que no juzga. La única que perdona y olvida de verdad . Este tequila me sabe a amargo porque aún hay muchas cosas de las que me arrepiento. Bebamos para ahogar en las copas los miedos. Porque si, yo también he sido cobarde. Todos somos cobardes. Y corremos. Corremos para no alcanzar nada. Solo huimos de las pifiadas para perderlas de vista. Y al girar la esquina del pasado, miramos atrás. Y solo al vislumbrarlas de lejos nos sentimos aliviados. Porque los errores están, siguen estando pero en la lejanía. Porque aunque nos luzcamos de valientes, no tenemos agallas para mirarlos a los ojos. Vamos a celebrarlo. Celebremos que nos dimos cuenta. Celebremos que estemos aquí, hoy, cómo mínimo sabiendo todo lo malo que hicimos. Confesándonos a la noche. Emborrachándonos de arrepentimiento. Que ya es algo con lo que brindar.
lunes, 15 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
sábado, 30 de octubre de 2010
Bajo el agua de la bañera, la vista se nubla, el aire se vuelve espeso y el sonido se distorsiona. Sumergida, deleito este fugaz momento en esta realidad paralela. Aislada, mis sentidos disfrutan, aquí dónde nada importa, dónde no existen fronteras entre lo concreto y lo abstracto. Dónde, desnuda de prejuicios, olvidando todo lo existente, mi pelo y mi piel se destensan. No hay fuerzas, no hay leyes, nadie ha dominado aún el agua. Mi mente, en libre albedrío, siente que sí puede ser por fin ella misma. No hay cadenas, no hay corrientes, no hay contaminadores de mentes, ni mentiras ni epidemias que convierten en estúpidos a sus víctimas. Este tiempo, tan efímero cómo lo es mi oxígeno, me obliga a volver a la estúpida superficie. Aquí, fuera y tiritando, desearía ser pez otra vez. Teniendo tan solo tres segundos de memoria, viviendo eternamente ignorante y, aparentemente, eternamente feliz.
jueves, 14 de octubre de 2010
Miedos.
Tengo pánico a los baches, a los altibajos. A las crisis. Les temo a la soledad y a las matemáticas de la vida. Tengo miedo a los horarios, a la vida estructurada y planificada. A una embriagadora rutina o a un monótono día a día. Temo al chocolate negro pero no soy ni mucho menos racista. Temo a quien se esconde bajo su paraguas pero no a la lluvia. Le tengo miedo al abrupto mar pero no a la costa. A las profundidades de cualquier superficie. Temo lo desconocido, pero me despierta curiosidad. Incluso a lo conocido, por no saber nunca si conozco lo suficiente de ello. O demasiado, o quizá demasiado poco. Una bochornosa mezcla de sensaciones.
Tengo pánico a las distancias, y aún más a las despedidas. Temo las discusiones, las rupturas. Las heridas mal curadas y la falta de remedios. Soy precavida y prudente hasta la exageración, y me asusta lo que eso me consume. Siempre tengo un segundo plan, una excusa, una carta escondida. Temo los extremos, cerca del abismo. Siendo cobarde, prefiero lo estable. Siendo valiente, lo improvisado. Me da miedo nuestra generación. La ignorancia. El sentirme vulnerable, el sentirme incluida en ella.
Me asusta el poder de las palabras, pues descubrí que pueden ser flores pero tambien puñales sus espinas. Temo lo sospechoso, los secretos. Pero amo los susurros, las confesiones al oído, las complicidades y los guiños. No temo las lagrimas, pero si los sollozos. Te temo. Temo tu fugacidad y a la vez tu espera. Temo tu pensamiento, tus planes, tus jugadas. Porque me superas tanto que no llegas a comprenderme. Incluso tanto que me comprendes demasiado. Adoro tu sencillez pero me asusta tu complejidad. Temo las letras pero las amo. Temo las artes pero me fascinan. Le temo a Bécquer, a Cortázar, a Bukowski. Les tengo miedo a los genios, a los que poseen un don. Pero los envidio. Me asusta el no poder comprenderles. Temo las dobles direcciones, pero me gustan por partida doble. Temo los recuerdos, pero formo parte de ellos. Tengo miedo de las falsas apariencias, pero soy también una de ellas.
Me asusta el paso del tiempo, el desaprovechamiento de este. Miedo a no ser feliz. Que el propio miedo impide, que él mismo araña por dentro. Miedo al futuro, matándome la incertidumbre. Al pasado, temiendo que los recuerdos me secuestren. Al presente, corriendo para que no se me escape. Miedo a ser del pelotón, de los hipnotizados, de los ciegos que dejaron robarse sus días. Miedo de no llegar a lo que aspiro. De llegar tarde a las metas. Llegar al puerto cuando el barco ya ha partido. Miedo de no llegar a vivir como quisiera, de verme en las últimas y decir “me dejo algo por el camino".
domingo, 10 de octubre de 2010
Hi ha poques coses tant poderoses com el silenci. Sovint, el silenci parla. Contradictòriament, parla sovint més que moltes de les paraules, que tan sols xiuxiuegen. Parla a les fosques, d’amagat, en la llunyania. Es capaç de crear por, esperança, desesperança, recança i rancor. Es capaç de delatar-nos, de despullar-nos, de desarmar-nos tant sols acompanyat d’una mirada. Capaç de transportar-se en el temps, d’alterar-nos els sentits. Capaç de moure’s en l’espai dolçament o agressivament, àgilment creuant mirades, passant sota les escletxes de les portes, sota les escletxes dels records o de les ferides tendres encara. Parlant una llengua pròpia, que pocs coneixen i pocs valoren. Sovint t’arracona, et sentencia o inclús t’arriba a inundar de solitud. De la mateixa forma que t’aïlla, t’allibera o et comprèn quan ho necessites, millor que qualsevol de les paraules pronunciables.
sábado, 18 de septiembre de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
Aunque sin sueño, estoy cansada, me estoy manchando las manos de tinta y de escupitajos que me salen en forma de palabras. Tengo preocupaciones y problemas, pero me da igual. Estoy bien así, ahora mismo. Necesito justamente esto. Esto. Y sinceramente me da igual si luego vas a leerlo o no. En lo que pienso ahora mismo es en escribir aquello que yo quiero escribir. No se siquiera si llegaré a releerlo ni yo misma.
Mi gato me mira desafiante y a la vez seductor desde la cama. Y tengo menos miedo de mirarle que a ti. Sabes que contigo no soy capaz. No es nuevo que las baldosas de tu salón atraigan más mi mirada que tus ojos. Pues encuentro un refugio en ellas, más a menudo que en ti. Y aunque abraces mi cuerpo desnudo sé que en realidad estoy a quilómetros de ti, de esa nube con somier, de esas paredes y puertas de las que lo único que me ha pertenecido, sólo a ratos, han sido sudores y caricias entre susurros y silencios.
En mi habitación se reitera una y otra vez la misma canción. Una voz masculina sale de un cuerpo que a su vez baila con las manos, con delicadeza y fuerza por el escenario de las teclas de un piano, en la esquina de un bar a medianoche. La letra esta escrita en ingles y entiendo de ella tan sólo cuatro palabras, pero no me hace falta más. Supongo que contigo era igual. Solo comprendí de ti una pequeña parte, en su momento me gustó lo misterioso de todo lo demás. Al menos, ahora y aquí, esta música me transporta algo más allá de estas cuatro paredes en las que se hace difícil pensar, en el umbral de este escritorio desordenado hecho con esta madera prefabricada, tan prefabricada cómo los versos que eran para ti y que, como ves, olvidé cómo escribir.
Sé pocas cosas, pero las pocas que sé las tengo bien claras y bien atadas a mí. Sé con certeza que ni el mejor de los ladrones podría robarme mis principios. Tan sólo intento transmitir eso poco que sé con esas pocas palabras que conozco. De acuerdo, no tengo diamantes entre oro. Pero tengo algo así cómo oro entre fango. Y prefiero una austera casita enfrente del mar, que un océano entero donde naufragar.
Me gustaría ahora mismo estar contando historias inventadas, ficciones, haciendo relucir sombras, destapando los entresijos de mirarte entre las sábanas, de las nocturnas vistas, de los callejones serpenteados de aquella Barcelona inventada a medias, en la que nos permitimos soñar.
Últimamente, antes de acostarme pienso en todo aquello que me gustaría cambiar. Y me asusto al pensar que serían demasiadas cosas. Y soy tan cobarde que me veo incapaz. Hablo con aquél chico al que un día besé en exceso y otro día en escasez y advierto que desde lejos, pasada la tormenta, todo es de otro color. Comparto cuatro palabras, que me saben a miles, con aquél al que ahora me gustaría besar, y me doy cuenta que pocas cosas me llenan. Y que las que lo hacen, lo hacen de verdad.
Me sobran ramos de rosas espectaculares, camas ajenas, besos de cristal. Y me faltan flores solitarias casi marchitas, caricias desde el pupitre contiguo y, en papeles cuadriculados de libreta, poemas de verdad.
Abro mis maletas y veo tantas cosas innecesarias… que sólo cuatro de ellas son las que necesitaría para vivir de verdad. Me miro al espejo, y la chica de enfrente me mira con la mirada pérdida, diciéndome sin palabras que mis ojos no son más que un mar de dudas e incertidumbre dónde se me hace difícil nadar. Tiene los labios cortados y es verano. Quizá no lleguemos nunca a conocernos a nosotros mismos. Tanto hablar sobre los demás, pensar en amar a los demás, insultar los defectos de los demás… y aún no sabemos nada de nosotros mismos.
No sé, quizá últimamente poco me inspira y me limito a observar y escuchar, sin pensar.
Supongo que los versos, ya volverán. Y no pido tampoco que vuelvan contigo. No, cariño, sólo pido que regresen, acompañados o no. Sea lo que sea, seguro que ya volverá. Aunque no sea hoy, con estas notas tocadas con delicadeza cómo incienso, de fondo. Ni en esta habitación, pisando las cenizas de los sueños incumplidos. Entre el eco de los que quizá si fueron cumplidos, de aquellos que escribimos hace mucho en papeles de servilleta, perdidos en algun bar.
4.34 am. Miércoles 4 de agosto de 2010.
Tren de media distancia.
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Me gustan los largos viajes en tren. En ellos pensar es fácil. Inevitable quizá. Hemos perdido el autobús y hemos esperado tres horas para estar sentados en este vagón que nos lleva de vuelta a casa. Pero me gusta. Me siento bien porque hemos tomado un par de cafés, hemos fumado el mismo tabaco, del mismo modo en que hemos crecido pisando el mismo parquet, y hemos hablado del gran tesoro que compartimos; nuestra forma de ver la vida.
Y ahora, yo escribo estas líneas tras el billete de autobús con el que vinimos mientras mi hermano lee un libro sentado enfrente de mí. Pasamos pueblo por pueblo y segundo a segundo por esta vida que ambos sabemos cómo vivir.
Y aún estando refugiados de una lluvia que cae furiosa a centímetros, teniendo horas por delante hasta llegar a casa, sentados en un tren que exagera con el aire acondicionado y que va con retraso, ambos sabemos que tenemos suerte. Y que, aún así, sin duda vamos a disfrutar del trayecto en este tren de media distancia mientras observamos por la ventana cómo por cada kilómetro de mas, el sol ilumina un poco menos. Sabiendo que el verdadero viaje que vamos a disfrutar será el de la larga distancia que aún por delante nos queda.
Tren con destino Barcelona,
2 de agosto de 2010.
martes, 20 de julio de 2010
Sombreros que vuelan. Mojitos de día. Un mar que susurra. Orillas que mojan los pies. Moreno pasajero. Sonrisas de prestado. Miradas en un viejo vagón. Música de fondo. Tus cartas y las mías, aún por jugar. Brisa marinera. Sol en la cara. Arena en los bolsillos. Silencios que hablan. Palabras que no escucho. Trenes que marchan. Sensaciones que vuelven. Nuevos horizontes. Las autopistas del presente. Los caros peajes del pasado. Cafés con hielo. Patatas bravas. Frases a medias. Pelis antiguas. Casas ajenas. Barcelona a nuestros pies. Nosotros, el cielo. Tabaco liado. El eco de un piano. Cosquillas en la barriga. Pintalabios rojo. Viajes improvisados. Abrazos de porcelana. Amaneceres desolados. Tequilas sin rumbo. Tus sueños, a medias. Los míos en tus ojos. Tus manos, calladas, buscando las mías de reojo.
domingo, 18 de julio de 2010
Tenía miles de cosas en su presente, creando aquella utopía que siempre soñó en sus paseos por las calles de lo que era hoy la ciudad olvidada; las ruinas de su pasado. Sólo ahora advertía que en el momento de diseñar sus sueños olvidó por completo las cuatro cosas más importantes. Y ahora, como el peor de los males, la incertidumbre sobre su vida la cegaba, dañando hasta las entrañas su vulnerable mirada infantil…
sábado, 26 de junio de 2010
sábado, 19 de junio de 2010
Puede que no sufra tu olvido, ¿cómo sufrir aquello que no se ha vivido? ¿Cómo olvidar aquello que sí se ha sufrido? Puede que no sean cadenas lo que te ate al destino. Ni cuerdas, ni hilos. Sino hierros que pesan a cualquiera. Pesas que duelen de veras.
Por poder, puede que las flores no crezcan si no es primavera, que el mar sea dulce y yo no lo sepa, que en Marte no llueva porque allí no haya penas.
Puede, incluso, que tan solo en tus versos me quieras. Que los cuatro días en que dices que te olvido, sean los pocos vividos de veras, sean los cuatro versos que ya no te escribo, sean los cuatro besos que ya no nos quedan.
Puede que disfrutes mi ausencia sólo cuándo el sol se marcha. Que aunque efímera sea la noche, rápido aborrezcas la tenue esperanza que en mi presencia, un faro a lo lejos dibuja. La breve luz que parpadea dudando. Luz que se apaga si ya no sonríes. Que sólo se ilumina si el viento no se nos lleva.
Puede que el recuerdo merezca lágrimas saladas, que lo verdadero venga mañana, que lo anterior sea sólo agua pasada. Aunque del fuego que fuimos seamos hoy solo cenizas, te diré que las dudas no siempre fueron dudas. Que tu poesía aún hipnotiza.
Quizá ni siquiera esto tenga sentido, puede que lo mejor sea borrar aquello escrito. Gritar al vacío que nos deje esconder nuestros corazones dolidos, hechos de la misma materia que el mismo. Ahogar las palabras, escapar al olvido. Mentirte y decirte al oído que, desde aquí, aún no consigo oír tus latidos.
Escribiendo los versos que ya no te escribo. Los sueños en que ya no te sueño. Los días en que ya no te respiro.
lunes, 17 de mayo de 2010

Desnúdate. Quítate hasta la piel y dime de qué tienes miedo. Por que tienes frío. Qué demonios te persiguen para que siempre estés huyendo… Preséntame a aquél que te colorea los días tan grises, le dejaré un par de cosas claras. Y enséñame qué es lo que te está comiendo el corazón. Dime, solo entonces, porque estas tan triste. Y luego, si quieres, abrígate de nuevo con tu fría piel tras la que te escondes. Sí, así, camúflate cómo siempre has hecho y haz cómo si nada pasara....
